Qué original!, Sergio Tejada acaba de presentar al izquierdista Bloque Nacional Popular, ¿no había un banco que se llamaba parecido? Se trata, hasta ahora, del tercer movimiento que intentará seducir a Yehude Simon y su Partido Humanista (inscrito en el JNE) para fecundar, ménage à trois, quatre ou cinque, una nueva criatura socialista.
Cuando en mis redes llamé la atención sobre el flamante frente, no faltó quien, henchido en gallardía, citó al parlamentario y ex nacionalista y escribió: “lo importante es que estamos contra el Apra, el fujimorismo y la derecha corrupta”. La afirmación del expresidente de la megacomisión me hizo comprender que el drama de la izquierda peruana es que siempre ha estado en contra de alguien, pero nunca ha tenido claro a favor de qué o de quién está.
Hace unas semanas, Sinesio López, notable intelectual por quien profeso gran admiración por su reflexión sobre el país y afecto por sus calidades personales, escribía sobre la importancia de que la izquierda redescubra a sus enemigos para fortalecer un eventual frente hacia el 2016. La idea me pareció interesante porque parece situarse a contracorriente y propone una adecuación de la izquierda a las circunstancias actuales. Sin embargo, dichos “nuevos enemigos” no pueden resultar los de siempre porque si se trata de Confiep, el neoliberalismo, Alan, Keiko y PPK entonces no tendrían nada de novedosos.
Hace 25 años, un candidato de Izquierda Unida a la Federación de Estudiantes de la PUCP se dirigió a los alumnos y les planteó cerrarle el paso a la derecha desde la universidad; un estudiante de educación le contestó que le iría mejor si antepusiese la propuesta a la confrontación. Yo creo que el dilema de la izquierda está allí. Vayamos por partes:
Un primer consenso de una coalición de izquierda tiene que ser su adhesión incondicional al sistema democrático, cuya reforma podría plantear siguiendo el modelo de Michelle Bachelet en Chile, pero adecuado a la realidad peruana. Esto implica, ciertamente, deslindar de sátrapas bananeros como Nicolás Maduro y su antecesor.
Un segundo consenso es comprender que en el siglo XXI la democracia se construye con izquierda, centro, pero también con derecha. En tal sentido, el empresariado y el sector privado no pueden ser por definición un enemigo, sino actores económicos fundamentales con los que hay que conversar y entenderse.
Un tercer consenso es que cualquier nuevo proyecto de izquierda, si se pretende viable, debe comprender que el APRA, el fujimorismo, y la derecha alrededor de PPK o el PPC son parte del espectro político. Aunque no se trata necesariamente de establecer alianzas con ellos, sí es evidente que nuestra democracia será más funcional y constructiva si la relación entre nuestras fuerzas políticas se basase en el diálogo antes que en la abierta y apriorística confrontación.
Por inercia, la izquierda peruana tiende a “estar en contra”, pues proviene de los tiempos del marxismo en donde se trataba de tumbarse el estado burgués para implantar la dictadura del proletariado ¿qué espacio para la negociación podría existir allí? Por eso, su primera tarea pasa por comprender que el muro de Berlín y el “socialismo real” cayeron hace un cuarto de siglo y que si de estar en contra se trata, la población espera que se opongan, más bien, a la desigualdad, a la pobreza, a la mala calidad de la educación, a la falta de oportunidades, de infraestructura para el desarrollo, etc.
Hoy no existe conexión alguna entre los sectores populares y la izquierda limeña (ya no sé cómo llamarla), y dudo que ésta -que prefiere la comodidad de un vientre de alquiler antes que organizar un frente político desde las bases- vaya a comerse el pleito de sumergirse en las honduras de nuestra complejísima política nacional. En todo caso, tómese a bien mis sugerencias. Volveré sobre el tema.