Han pasado 25 años y las consecuencias del accionar subversivo del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru sigue siendo una herida abierta. El presunto asesinato extrajudicial de Eduardo Cruz Sánchez alias “Tito”, el segundo jefe del comando del MRTA, ensombrece una de las mayores acciones heroicas del Ejército del Perú. Dicen que 25 años no son nada y el fantasma del terrorismo y sus gestores sigue rondando nuestra historia.
Víctor Polay Campos, líder principal de esta facción castrista en un inicio bien tratada por un sector de la izquierda, como Robin Hoods o guerrilleros, purga condena a cadena perpetua en la Base Naval, cárcel de máxima seguridad. Últimamente dio que hablar. Polay, de familia aprista, fue operado de emergencia debido a un coágulo en el cerebro, estuvo dos semanas en cuidados intensivos y ya retornó a su centro de reclusión.
Con 64 años Polay tiene una vida política activa, se considera un preso político, fue militante del Apra y no tiene palabras para sus víctimas.
Conocí a Polay como a Peter Cárdenas Schulte, de una manera abrupta, durante la toma de Juanjuí. Era diciembre de 1987, cuando las fuertes explosiones y la balacera nos alertó sobre el asalto. Eran cerca de setenta emerretistas con fusiles y granadas en mano quienes tomaron la ciudad, por cosas del destino vivía al frente de la sede de la Policía de Investigaciones del Perú (PIP), el lugar que utilizaron los subversivos para atrincherarse y desde allí atacar a la policía fue mi casa.
Tenía 6 años , mis padres habían ido al cine, para mis tres hermanos mayores y yo era como si nos cayera encima un misil, corrimos a escondernos en el último dormitorio mientras los vecinos desesperados pugnaban por ingresar a mi casa. Mis padres fueron los últimos en llegar tras cruzar a rastras la huerta de la parte posterior…
Aún no me explico cómo entramos tantos debajo de dos camas, agazapados sentíamos las pisadas de botas de jebe en la azotea, y en los alrededores, las pisadas sobre las hojas secas que componían una música tenebrosa que agitaba aún más nuestra acelerada respiración. No podíamos movernos, un solo ruido y los terroristas nos habrían descubierto, sobre todo, cuando dos de ellos, un hombre y una mujer se detuvieron a fumar en la ventana del cuarto donde nos ocultábamos, recuerdo sus siluetas por la única rendija de la ventana por donde asomaba algo de luz de luna, así me dormí, aterrada, en los brazos de mi madre…
Ya al amanecer, despertamos con extrañas arengas: “Pueblo peruano, salgan a las calles… ”, al asomarnos la voz era de un hombre vestido con pantalón militar, botas grandes, estaba parado en la puerta de la PIP en ruinas y con megáfono en mano incitaba al saqueo del local policial. A unos metros, un corpulento de cabello ensortijado y rubio forzaba a patadas la puerta de la Notaria de Juanjui, que también era la casa de mi mejor amiga Zori. Recuerdo que a mis 6 años quería salir para increparles por el daño causado.
La escena parecía de guerra, carros de la policía quemados en las calles, al menos cuatro heridos, uno de ellos, policía. Habían vulnerado mi casa, fue su fortín por interminables horas, nunca más los volví a ver en persona hasta años después cuando en televisión reconocí a Cárdenas al lado de Polay, en ese instante, tuve ese flashback de aquella madrugada de terror de 1987.
Ahora cada vez que escucho sus nombres, Polay y Cárdenas me estremezco y vuelvo a sentir el miedo a lo desconocido y frente a la amenaza como el que tuve cuando era una niña…
