Desde hace ya varios años somos testigos de la creciente preocupación de intelectuales y periodistas respecto a las sucesivas crisis políticas que sacuden casi cotidianamente nuestro país. Si seguimos en Facebook los posts de varios profesores universitarios peruanos, podemos inclusive apreciar la formación de varios grupos de opinión rivales que critican de manera permanente a los políticos con mayor proyección en las encuestas: Keiko Fujimori, PPK, Alan García, Alejandro Toledo y César Acuña. Por otro lado, todos tenemos amigos en nuestra red social virtual que difunden videos, memes e incluso divertidas frases que recuerdan lo mal que se encuentra nuestro sistema político. Para quien se interesa por la política nacional, este tipo de información se ha vuelto omnipresente, a tal punto, que El Panfleto o las imágenes burlonas han desplazado los artículos de opinión o cualquier material crítico.
Cualquier observador coincidiría en que nuestro sistema político no funciona y que nuestros representantes electos son cada vez peores (basta con recordar los llamativos e hilarantes apodos de nuestros “Padres de la Patria” o de “Padres de la Plata, según como lo vean). Asimismo, quién puede sino ofuscarse frente a la falta de personalidad y autoridad de nuestro jefe de Estado que cree que “conduce una combi con 30 millones de Peruanos”. Así estamos entonces. Somos una combi y nuestro Presidente es un chofer. Solo faltó recordar que “nuestra justicia consiste en no respetar las reglas de transito” y que nuestra economía consiste en “cobrar pasaje pero no pagar impuestos”. Pero no seamos tan duros con nuestro Presidente, al fin al cabo, solo repite de manera mecánica referentes culturales pre-existentes que pueblan el imaginario social peruano. Por otra parte, como lo probó tan sutilmente una surrealista declaración de ex presidente y ganador (según él) de un Premio Nobel entre China, la India y el Club de Madrid…, en el Perú se puede decir cualquier cosa porque ninguna opinión tiene legitimidad y nadie verifica nada (parece que ahora tenemos a un candidato que es ingeniero sin haber cursado la carrera).
En su libro Entre el pasado y el futuro. Ocho ejercicios sobre la reflexión política, la filósofa alemana Hannah Arendt consideraba que la autoridad política perdía automáticamente su poder cuando una sociedad atravesaba una crisis cultural. Este tipo de reflexión corresponde en gran parte al momento que atraviesa la sociedad peruana, ya que gran parte de sus componentes parecen haber perdido autoridad y legitimidad. A pesar de haberse librado de la amenaza totalitaria encarnada por Sendero Luminoso, el Perú actual no salió reforzado de su pasado reciente a pesar de sus grandes logros económicos. Esta paradoja es subrayada una y otra vez por los distintos analistas que tienden a olvidar un hecho fundamental: la autoridad y la legitimidad en una sociedad no solo dependen del sistema político de turno o del modelo económico en vigor, considerar a una institución como legítima, creerle a un político o a una víctima de violación, respetar a la ley (de tráfico, no piratear libros o discos, etc.), etc. son acciones sociales que son el producto de la aceptación por las personas de que existe algo por encima de sus propia opinión. Es ceder frente a algo que se vuelve una evidencia y no algo que puede ser cuestionado una y otra vez.
También supone que exista algo que sea compartido por individuos distintos que han heredado de sus padres una nacionalidad o un estatus social. La legitimidad y la autoridad son por lo tanto el reflejo de mecanismos sociales de aceptación de figuras de poder (las instituciones clásicas como el poder religioso) que ordenan la vida cotidiana. No existe en ese sentido una sociedad sin un mínimo de consenso social sobre lo que está bien o mal, sobre lo que está permitido o no, sobre en qué momento el ciudadano se rinde frente a lo que está por encima de él: la famosa frase “mi libertad termina cuando comienza la de mi prójimo”.
Por supuesto, este tipo de imposición posee un carácter jerárquico, reglamentario e inclusive puede ser cuestionado en permanencia dentro del marco de la ley. ¿Pero qué sería de la vida en sociedad si no tuviésemos un minino de reglamentaciones? La colectividad correría en efecto hacia su pérdida si no pudiese defenderse y frenar la amenaza de la privatización de la autoridad resumida en la popular frase “yo hago lo que se me da la gana a ti que te importa”. En el Perú, tenemos desgraciadamente ejemplos que indican que este tipo de amenaza existe. Ya en los últimos años los incidentes de Ilave por ejemplo, pusieron al descubierto el poder de una turba enardecida y capaz de imponer su propia justica. Este fenómeno no es aislado y no es el producto de un retraso ciudadano o cultural como lo denuncian algunos columnistas, sino más bien el resultado de un proceso en el cual los individuos privatizan la autoridad simplemente porque el Estado se lo permite. No se trata de buscar culpables. Pero hay que reconocer que la gente lincha ladrones, privatiza la veredas o no respeta el espacio público porque la sociedad también se lo permite (la clásica figura de agachar la cabeza, no quejarse, no decir nada, hacerse el loco, etc.). Y aquí el problema es mayor, ya que una sociedad permisiva juega en contra de cualquier forma de proyecto a futuro o proyecto nacional.
Mucha gente se enardece denunciado la corrupción o el hecho que tengamos los candidatos que tenemos. Un reconocido antropólogo publicó inclusive un libro que tildaba el régimen de Fujimori de “anti político”. Nada de “anti” o de “los políticos son todos corruptos”. La clase política, el tipo de gobierno, la corrupción son el reflejo de una sociedad. En una sociedad donde las personas privatizan la autoridad y donde no existe legitimidad no pueden existir espacios de dialogo serenos o peor aún, no pueden imponerse las figuras de autoridad socialmente respetadas. Tomemos un ejemplo reciente. Las encuestas de opinión siempre consideran que la Iglesia católica es la única institución legítima pero cuya legitimidad es cada vez más cuestionada. ¿Cuáles podrían serán entonces las consecuencias de los recientes escándalos ligados al Sodalicio de Vida Cristiana? Es por el momento difícil saberlo ya que este grupo es solo un grupo (mejor dicho, individuos, porque es muy fácil generalizar sin pruebas) y no la Iglesia. Pero este escándalo cae en un momento en el cual nadie le cree a nadie y donde la palabra publica es automáticamente desprestigiada. Entramos, para terminar, en un nuevo proceso electoral en medio de un contexto social donde cualquier peruano es sospechoso, potencialmente mentiroso y virtualmente cabeceador. Esto refleja el estado de nuestra sociedad. Y lo más complicado para el futuro es que las elecciones son el mecanismo por el cual el pueblo delega y confía su poder. Son el momento en el cual una sociedad debe confiar en sus gobernantes puesto que les otorga toda su legitimidad electoral. Tendremos entonces un futuro presidente que recibirá la “confianza” de una sociedad compuesta de individuos que desconfían los unos de los otros, que les cuesta vivir en sociedad o peor, que comparten (para muchos de ellos, ojo) la idea que “en el Perú nada funciona” así que yo hago mi propia justicia”.